Un nombre suele servir para orientarnos: indica a quién va dirigida una carta, de quién es un libro o a quién esperamos. En una novela de misterio, basta con encontrarlo donde nadie lo ha llamado para que esa pequeña certeza se vuelva inquietante.

En el rellano de una escalera, nuestro nombre escrito en un sobre apenas reclama atención. En una casa a la que entramos por primera vez, ese mismo sobre nos haría detenernos. Las letras serían idénticas. Lo que cambiaría sería la escena que imaginamos alrededor: alguien sabía que llegaríamos, alguien se equivocó de destinatario, alguien ha escrito a otra persona que se llama igual. Antes de abrir el sobre, ya estamos leyendo una historia.

Algo de esa extrañeza está en el comienzo de El último cartógrafo · La sala del horizonte. Alexandra Lustres restaura documentos antiguos y encuentra su propio nombre en un mapa del siglo XVI. La familiaridad de esas letras hace más difícil apartar la vista. Si fueran las de un desconocido, podría preguntarse quién fue aquella persona. Al reconocer las suyas, la pregunta cambia: ¿qué hace allí algo que siente tan suyo?

Un nombre pertenece también a las voces que lo pronuncian. Suena distinto en boca de quien acaba de conocernos y en la de quien lleva años llamándonos desde otra habitación. En el papel faltan el tono, la pausa y la posibilidad de preguntar a quien escribió. Esa distancia permite que unas pocas letras resulten a la vez íntimas y ajenas. El lector puede reconocer ambas sensaciones sin haber tenido nunca delante un mapa como el de Alexandra.

Ahí la fantasía encuentra un apoyo cotidiano. Es fácil imaginar una mano que se queda quieta sobre la mesa o unos ojos que vuelven al principio de la palabra para asegurarse de que han leído bien. El hallazgo es imposible dentro de lo que Alexandra conoce, pero el gesto de releer es corriente. A través de él podemos entrar en la escena y entender por qué ese documento merece otra mirada.

También queda una pregunta que cabe fuera de la novela. Si alguien escribiera nuestro nombre en una historia antes de que pudiéramos contarla, ¿cuánto de nosotros habría realmente en esas páginas? Tal vez por eso inquieta tanto encontrarlo fuera de lugar. Sabemos leerlo desde hace años y, de pronto, no sabemos a quién se dirige.