Cuando hablo de fantasía sana, pienso en una manera de contar que concede importancia al cuidado, a los vínculos y a la responsabilidad. Quiero que lo extraordinario despierte curiosidad y que los personajes conserven una vida interior reconocible: sus dudas, sus afectos y la dificultad de elegir cuando todavía les falta una parte de la verdad.
Utilizo esta expresión para explicar una intención de mi escritura. La fantasía puede abrir situaciones inquietantes y preguntas difíciles. Me interesa acompañarlas con una mirada atenta a las personas: qué sienten, cómo se relacionan y qué consecuencias tiene para ellas una decisión. Cada lector podrá descubrir qué le aporta esa experiencia.
La empatía ocupa un lugar central en esa mirada. Un personaje puede equivocarse, guardar silencio o interpretar mal un gesto. Dar espacio a sus razones permite observarlo con más atención. También deja al lector libertad para hacerse preguntas y elaborar su propio juicio sobre lo que ocurre.
En El último cartógrafo · La sala del horizonte, esa intención se encuentra con la memoria. Conocer algo del pasado de otra persona puede acercarnos a ella y, al mismo tiempo, exigir prudencia. La ausencia y la manipulación de una historia abren preguntas sobre los límites de lo que podemos saber y sobre la forma en que compartimos ese conocimiento.
El oficio de Alexandra Lustres reúne algunas de esas inquietudes. Restaurar un documento requiere atención y cuidado con lo que ha llegado hasta el presente. Esa imagen me ayuda a pensar también en los vínculos: escuchar, reconocer una pérdida y aceptar que algunas respuestas necesitan tiempo.
Aspiro a que el misterio invite a seguir leyendo y a que la fantasía deje una mirada más atenta al cerrar el libro. Si una historia nos anima a cuidar mejor una memoria, a escuchar a alguien o a pensar antes de intervenir en su vida, habrá abierto un camino que me importa.